por Mayra Viñalet Navarro

¿Qué hacer cuando descubres que, a tu lado, todos los días, tienes a una persona excepcional, a un ser genuino, abierto, franco, diferente? ¿Qué hacer cuando le miras y sientes que le amas infinitamente? ¿Y qué hacer cuando ese ser divino, alado, idealizado, te dice por las noches, al oído, con voz tenue y sincera, que te ama, que siente miedo cuando no estás cerca? ¿Cómo puedes ponerle, entonces, freno a esos deseos que te brotan de hablar de él, de sus cosas, de su mundo de sueños?

Entenderán pues, amigos, que de esos sentimientos que despierta en mí esa persona excepcional, brillante y única, no han de poder salvarse. Así que estoy aquí, ante ustedes, muerta de amor, y de deseos, para hablarles de mi Marcelo.  

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Los primeros cinco años

Marcelo ya tiene siete años. Desde pequeñito demostró saber muchas cosas pero quiero explicarles que aunque su naturaleza es la de un niño inteligente y de mucha viveza, su apresuramiento y rapidez para aprender también tiene, a mi juicio, su explicación.

A los 15 meses Marcelo comenzó a caminar extraño. Como es natural lo observamos mucho. Al darnos cuenta de que empeoraba su situación decidimos llevarlo al hospital, sin pensar siquiera en que, justo ahí, comenzaba el peor episodio de nuestras vidas.
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Marcelo nació el 9 de noviembre del año 2000, a las 7 y 18 minutos de la mañana de un jueves, en La Habana, Cuba. Pesó 8 libras y midió 55 cms., algo verdaderamente sorprendente porque aún me pregunto cómo podía tener dentro de mí “tanto muchacho”. El Hospital es conocido como El Sagrado Corazón, pero su nombre actual es González Coro, situado en el conocido barrio capitalino de El Vedado.
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Aún en el hospital, en el que nos pasamos desde el jueves hasta el domingo, el señorito comenzó a hacer de las suyas. Lo primero fue ponernos a todos en un gran desasosiego porque, simplemente, no quería mamar. No había forma alguna. Las enfermeras me regañaban y constantemente me recriminaba porque decían que yo no sabía colocarlo, ni estimularlo, para que mamara. Se quedaba dormido de una manera increíble y como las horas pasaban y no se alimentaba, había mucha preocupación. La jefa de las enfermeras, una vez que comprobó mi destreza al manipularlo y que el problema lo creaba él, quien solo quería dormir, me dijo, “él mama o yo me quito el nombre, qué se habrá creído”. Lo despertaba de todas las formas posibles. Le daba con un dedo en la planta de los pies -¡bastante fuertecito!- para incomodarlo, pero de succionar, nada. Luego lo movía -¡también fuertecito!- y apenas conseguía un sollocito. Luego lo viró con la cabeza hacia abajo y lo zarandeaba – ¡demasiado fuertecito!- y tampoco. Yo estaba nerviosa y confieso que algo molesta porque no me gustaba todo lo que le hacían; entonces lo volví a cargar y vuelta a la batalla durante todo el día con la intención de que algo tomara y que nadie más lo batuqueara. No tuve ningún éxito. A las siete de la noche, recibía Marcelo su primera visita. El cuarto se repletó de personas y yo estaba agotadísima. No había podido recuperarme después del parto en los intentos de la “toma de leche”.

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Roxana Madruga*

Cuando Nani me mostró algunas cosas que escribía para el Blog de Marcelo no se imaginan lo impresionada que quedé. Tanto, que la llamé y le pregunté si había espacio para mi. Nani se alegró, y desde luego también yo.

Marcelo llegó a mi hace muy poco, aunque su nombre, varonil y seductor, se escuchaba en mi casa desde hace ya tiempo. Entre las anécdotas que Mariam, mi hija y su compañerita de aula, traían a diario de la escuela nunca faltaba un personaje: Marcelo.

Confieso que aquellos cuentos me causaban curiosidad. Me preguntaba muchas veces si las fantasías de su edad, serían las causantes de tanta invención o si, simplemente, había descendido un ser extraterrestre.

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Estas son las palabras que escribió el abuelo de Marcelo sobre su experiencia al enseñarle el inglés.

UN NIÑO ESPECIAL

Freddy Artiles

Marcelo nació a eso de las siete de la mañana. A las siete de la noche fui a la visita del hospital y supe que el angelito había dormido desde entonces sin haber ingerido ningún alimento. Por su parte, la madre me informó que no había hecho el menor esfuerzo por nacer. Desde ese momento me di cuenta de que Marcelo no era un niño común.

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