Aún en el hospital, en el que nos pasamos desde el jueves hasta el domingo, el señorito comenzó a hacer de las suyas. Lo primero fue ponernos a todos en un gran desasosiego porque, simplemente, no quería mamar. No había forma alguna. Las enfermeras me regañaban y constantemente me recriminaba porque decían que yo no sabía colocarlo, ni estimularlo, para que mamara. Se quedaba dormido de una manera increíble y como las horas pasaban y no se alimentaba, había mucha preocupación. La jefa de las enfermeras, una vez que comprobó mi destreza al manipularlo y que el problema lo creaba él, quien solo quería dormir, me dijo, “él mama o yo me quito el nombre, qué se habrá creído”. Lo despertaba de todas las formas posibles. Le daba con un dedo en la planta de los pies -¡bastante fuertecito!- para incomodarlo, pero de succionar, nada. Luego lo movía -¡también fuertecito!- y apenas conseguía un sollocito. Luego lo viró con la cabeza hacia abajo y lo zarandeaba – ¡demasiado fuertecito!- y tampoco. Yo estaba nerviosa y confieso que algo molesta porque no me gustaba todo lo que le hacían; entonces lo volví a cargar y vuelta a la batalla durante todo el día con la intención de que algo tomara y que nadie más lo batuqueara. No tuve ningún éxito. A las siete de la noche, recibía Marcelo su primera visita. El cuarto se repletó de personas y yo estaba agotadísima. No había podido recuperarme después del parto en los intentos de la “toma de leche”.

Comenzaron a surgir ideas para resolver el problema cuando, de pronto, vimos entrar a la enfermera con un poquito de leche que traía en un vasito. Terminaba su turno de trabajo y ya sabiendo que “tendría que cambiarse el nombre” no quiso marcharse sin que a ella le constara que aquel recién nacido, por fin, tomara su leche.

Poco a poco fue acostumbrándose Marcelo a su nuevo mundo. Al día siguiente, experimentó el placer de un buen baño, que por supuesto no le di yo. Debíamos esperar unos días para irnos a casa porque estaba un poco amarillo. En la espera no debía ocurrir nada más que estar muy tranquilos, acostumbrándonos el uno a la otra y recibiendo visitas. El papá y su abuela materna no salían del hospital y, por suerte, con ellos, enfrenté el nuevo susto. Esta vez se trataba del ombligo, sí, tal como leen, transcurridos solo dos días, el bebé largó el ombligo y nosotros nos volvimos locos buscando al pediatra porque aquello no era normal. Yo pensaba que se lo había lastimado y tumbado poniéndole el pañal, pero me llamaba la atención que no tenía sangre. El doctor no apareció como yo hubiera querido porque, como era fin de semana, solo estaba el de guardia. Mientras, los tres -el papá, mi mamá y yo- lo mirábamos sin quitarle el ojo de arriba y con tremenda preocupación, hasta que entraron por aquella puerta el pediatra y la enfermera, que no se cambió el nombre, como era de esperar, preguntando por el niño precoz que había perdido ya su ombligo. Afortunadamente todo estaba bien y, a partir de ese momento, comenzamos a prepararnos para las precocidades de Marcelo, que aún hoy nos siguen sorprendiendo.