Roxana Madruga*
Cuando Nani me mostró algunas cosas que escribía para el Blog de Marcelo no se imaginan lo impresionada que quedé. Tanto, que la llamé y le pregunté si había espacio para mi. Nani se alegró, y desde luego también yo.
Marcelo llegó a mi hace muy poco, aunque su nombre, varonil y seductor, se escuchaba en mi casa desde hace ya tiempo. Entre las anécdotas que Mariam, mi hija y su compañerita de aula, traían a diario de la escuela nunca faltaba un personaje: Marcelo.
Confieso que aquellos cuentos me causaban curiosidad. Me preguntaba muchas veces si las fantasías de su edad, serían las causantes de tanta invención o si, simplemente, había descendido un ser extraterrestre.
_ “Mami, en mi aula hay un niño que sabe todas las cosas que la maestra enseña”, dijo Mariam un día.
_ “¿Sí? ¿Qué niño?” le pregunté.
Innecesaria pregunta porque la respuesta era la de siempre: “Marcelo mami”, en un tono de ¿quién va a ser?
Para ese entonces cursaban ellos el pre-escolar. Aprender formas y colores es parte principal del programa del grado. ¿Qué hace un niño, por demás aventajado, mientras la maestra explica? Pues soñar, sencillamente soñar.
Esa es la faceta de un niño que, a mis años cargados de agobio, una no debe desaprovechar. Hasta hoy, mezclada con la dosis que le pone mi Mariam, la disfruto al máximo.
Imaginen por un momento, con todo lo que Nani les ha contado, a Marcelo soñando. Su poder de invención es increíble y a todo color, siempre fosforescente; las nubes a las que a veces suele encaramarse, y de las cuales baja solo por algo muy importante, desprenden confetis. Su sol, el sol de sus sueños –siempre lo veo soñar de día- no solo alumbra, encandila. Sus palabras llevan música y sus gestos, qué decir de sus gestos, contagian.
Cada tarde, cuando termina mi jornada, nuestra jornada porque estamos en la misma escuela, debo llevarlo a casa junto a mi hija. Ese fue el trato que hice con Nani. Nada más se escucha el retumbante: “Seremos como el Che”, así concluye el vespertino cada día, y pienso: “Por ahí vienen las…” nunca termino la frase porque, siempre, antes, llegan las “fierecillas”, fiereza que considero normal en dos seres de siete años que se mantienen durante ocho horas en un mismo lugar. Hablo de las cuatro y treinta de la tarde. Recojo mis bultos, entre los que incluyo a las dos criaturas, para intentar llegar a casa rápido. Fallido es el intento la mayoría de las veces porque casi siempre se interpone en el camino el famoso duro-frío o alguna otra cosa que los entretiene.
Recuerdo ahora las palabras de su mami cuando me lo encomendó: _“Cuídamelo, el chiquillo…” así es como ella le dice y me da mucha gracia, “…mira que me ha costado mucho trabajo…” Imaginen la responsabilidad. No conocía yo entonces del padecimiento del niño. Ahora comprendo por qué cuando mi sobrina nació y en la casa todos hablábamos de partos y cesáreas, él dijo que había nacido en el Oncológico, lo cual nos dio muchísima risa.
Al principio cuando supe, exageraba en el cuidado con él. Hoy ya no es así pues tomo en cuenta su comportamiento y sus relaciones con los demás. Y es que Marcelo —hablando en buen cubano— campea por su respeto, nunca se queda atrás; es muy osado y demostrativo y yo para estar a tono, le he soltado el cordel. Creo que con esa aptitud con que cuenta para todo, Marcelo ha sabido muy bien recuperar el tiempo perdido.
Después de merendar y de hacer las tareas comienza por fin, el juego. Todo se vuelve un revolico y el reguero no puede faltar. Pero Marcelo ha sabido enseñarle a Mariam que todos los juguetes deben volver a su lugar, lo cual le agradezco enormemente. Cuando más entusiasmados están llega Nani y con ella, su pregunta de siempre: _ “¿Cómo se portó hoy?” Y lo besa y se pone a hablar y a decir cosas que también son muy ocurrentes. Y es que ese es Marcelo, reflejo de su madre, de esa mujer que aparece y aún, sin proponérselo, llama la atención; de esa amiga a la que de seguro queremos imitar porque no para de eliminar obstáculos y siempre busca salir adelante como lo hizo él; de ese ser al que conoces y del que ya no puedes desprenderte. Estoy segura que de ella sacó Marcelo sus ocurrencias y el sentido del humor, así como esa facilidad para decir, justo, lo que es necesario, sin que les falle nunca.
Marcelo es una de esas personitas que conoces y te hacen marcar la diferencia, ver nuevos matices, reflexionar. Su alegría, extroversión y su autoestima, te obligan a continuar, y sobre todo, a reír, sin dejar de ser serios, aunque la vida te juegue alguna que otra mala pasada.
Mis preguntas, todas basadas en las historias de mi hija, hoy tienen respuestas. Del cielo no bajó un extraterrestre, todo lo contrario, del suelo se alza una criatura increíblemente peculiar, que va dejando a más de uno boquiabierto, que tiene pasión por los deportes, maneja a la perfección la computadora, se come toda la comida y protesta para bañarse, que me dice “maestra” cuando todos me dicen “profe” y que entró a la vida de mi hija, aún sin mi permiso, para demostrarle que las carriolas también son para las hembras.
*Roxana es la bibliotecaria de mi escuela, mi maestra y mi nana, que me enseña y también me cuida.

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