Estas son las palabras que escribió el abuelo de Marcelo sobre su experiencia al enseñarle el inglés.

UN NIÑO ESPECIAL

Freddy Artiles

Marcelo nació a eso de las siete de la mañana. A las siete de la noche fui a la visita del hospital y supe que el angelito había dormido desde entonces sin haber ingerido ningún alimento. Por su parte, la madre me informó que no había hecho el menor esfuerzo por nacer. Desde ese momento me di cuenta de que Marcelo no era un niño común.

Sin que pueda precisar las razones, quizás por observar sus reacciones y las expresiones de su rostro cuando todavía no hablaba, comencé a percatarme de que tampoco tenía una inteligencia común. Por eso, un buen día, cuando tenía ocho meses, decidí hacer un experimento. Lo sacaba de su corral y le decía: “Y ahora… e adesso… and now…¡vamos a ver el mundo!, andiamo a vedere il mondo!, let’s go to see the world!, en tres idiomas. A continuación lo paseaba por la casa deteniéndome en algunos lugares para decirle: “esa es la ventana, quella è la finestra, that is the window”… en tres idiomas; o “esa es la muñeca roja, quella è la bambola rossa, that is the red doll”… en tres idiomas. Luego hacía el recorrido a la inversa y le preguntaba: “¿dónde está la ventana?”, y él señalaba con su dedito, “dovè la finestra?”, y señalaba la ventana, “where is the red doll?”, y hacía lo mismo.

Cuando se acercaba al año de edad, pero todavía no hablaba, Marcelo empezó a tornarse huraño y malhumorado. Sus padres lo llevaron al psiquiatra y yo aproveché para pedirles que le preguntaran si mi experimento lingüístico era acertado o no. El psiquiatra dijo que los niños a esa edad tienen mucha facilidad para aprender idiomas, pero que el italiano y el español se parecían mucho y que podría confundirse, así que lo mejor sería que alguien le hablara siempre en inglés, y yo asumí esa tarea. En cuanto a su mal humor, estoy convencido de que se debía a que entendía todo lo que le decían pero no podía responder porque aún su aparato fónico no estaba capacitado para hablar. Y es que Marcelo –también estoy convencido de eso- nació con un año de edad.

Cuando lo traían de la calle, yo lo saludaba:””Buenas taaardes!”, y el tío le decía: ¡Pititi! . Cuando empezó a hablar –bien temprano, por cierto- rebautizó a toda la familia: la abuela fue Ata, la madre Nany, el padre Papo, el tío Pititi, y yo el abuelo Tarde. Y todos hemos conservado esos nombres. En cuanto al inglés, he seguido hablándole en ese idioma todo el tiempo, al punto de que cuando me equivoco y le hablo en español, me pregunta: “Abuelo, ¿y por qué tú me hablas en español?” Porque, además, mis diálogos con Marcelo son bilingües: yo le hablo en inglés y él me responde en su lengua materna sin que por ello la comunicación deje de ser efectiva.

Cuando tenía cerca de dos años le conté en inglés –nunca en español- “La caperucita roja” y “Ricitos de oro y los tres cerditos” y un buen día cogió unos títeres digitales que tengo en mi estudio, los puso tras el espaldar de una silla y ofreció –con una síntesis dramatúrgica que ya quisieran dominar autores profesionales- una versión en español con títeres de “Ricitos de oro…”

En cuanto a esta apropiación de la lengua de Shakespeare, hay una simpática anécdota de una época en que le dio por portarse mal y decir con frecuencia las atractivas malas palabras que escuchaba por ahí. Claro que todo el mundo lo reprendía, y yo siempre que salía le decía: “Marcelo, behave and don’t say forbidden words” (Marcelo, pórtate bien y no digas malas palabras), a lo que él, desde luego, no hacía el menor caso. Cuando ya se había repuesto totalmente de una difícil operación a la que tuvo que ser sometido, sus padres, siguiendo la tradición, lo llevaron al Rincón a darle las gracias al buen San Lázaro. Lo cargaron y lo pusieron delante de la imagen del santo, y como se hace con todos los niños –destinados a ser manipulados- la dijeron que le diera las gracias al santo de las muletas por haberse curado y demás. En aquel lugar, lleno de fieles que musitaban sentidas oraciones dirigidas a la divinidad, Marcelo repitió disciplinadamente lo que le dijeron que dijera… pero al despedirse, se volvió a la piadosa imagen y le dijo: “Bueno, San Lázaro, ¡pórtate bien y no digas malas palabras!” Y los susurrantes rezos de los fieles se convirtieron en una sonora carcajada colectiva.

Tras aquella operación, Marcelo tuvo que usar por varias semanas un yeso que le cubría desde la mitad del pecho hacia abajo y toda la pierna izquierda. Estaba prácticamente inmovilizado y, desde luego, no podía caminar. La madre lo colocaba a la entrada de la casa cada tarde y Marcelo saludaba por su nombre y conversaba con todo el que pasaba. Era un espectáculo, al punto de que la vecina de al lado, si había alguna demora en el horario, preguntaba: “¿Y Marcelo no va a bajar hoy?”

Las indicaciones médicas eran, desde luego, que debía mantenerse al niño en la mayor inmovilidad posible y, sobre todo, que no debía apoyar la pierna de la operación. Pese a esta obligada inmovilidad, Marcelo se las arreglaba para entretenerse lo más posible, metiendo, por ejemplo, muñecos y otros objetos en la especie de marsupia que le formaba en el vientre la coraza de yeso. Pasaba buena parte del tiempo en su corral, y se las arreglaba para incorporarse sujetándose a las barandas. El corral estaba colocado junto a una pared en la que había un tomacorriente a espaldas de la computadora donde yo trabajaba. El me veía desde allí y uno de sus entretenimientos consistía en llamar mi atención de vez en cuando, al apoyarse sobre la pierna operada y decirme: “¡Tarde, apoyando!”, o poner su dedito sobre el tomacorriente y llamar: “¡Tarde, tocando!”. Yo, desde luego, dejaba mi labor, me acercaba a él, lo regañaba en inglés y casi siempre terminaba cargándolo para darle un paseo por la casa, que era justamente lo que él quería.

Cuando Marcelo se mudó de mi casa, comenzaron a trasladarse para la nueva vivienda todas sus pertenencias. Lo último fue el corral. Y el día en que el padre vino, lo desarmó, se lo llevó, y el espacio de Marcelo quedó vacío, fue uno de los días más tristes de mi vida. Por suerte hoy día, a los siete años de edad, este niño a veces insoportable pero siempre encantador sigue haciendo de las suyas.

La Habana, 7 de mayo de 2008